lunes, 19 de mayo de 2014

Papiros:All Soul's Night


No sé porque, pero siempre me han gustado los cementerios. No es que conozca muchos, pero me llaman la atención, sobre toda la parte más antigua, como la del cementerio dela ciudad donde actualmente vivo. Ahí es donde están las tumbas de 1800, grandes bóvedas tapiadas que ya nadie visita y que parecen viejas mansiones con patios desgarbados, de estatuas silentes, amorosas cuidadoras y árboles ancianos que se mecen al ritmo de las almas olvidadas. Me quedo mirándolas, callada y respetuosa, maravillada de su vejez e imponente presencia, preguntándome por sus habitantes, de sus vidas y de sus muertes, de sus amores y desdichas, de su felicidad y engaños. Las admiro como a una caja de recuerdos preciados y las venero como custodias del portal de la vida eterna.

Quiso el destino que uno de mis seres más queridos quedara enterrado en esta zona de conspicuos y añosos habitantes. No imagino un mejor lugar para él, siempre amante de lo antiguo ,de la trdición, de lo especial, excéntrico y porque no decirlo de lo curiosamente raro. Realmente no puedo pensar en un sitio más adecuado para su descanso, un lugar lejos de lo común y ordinario, completamente perdido en el tiempo.
Cada vez que lo visito debo pedirle a un asistente del cementerio que me guíe, porque llegar hasta él, es un viaje intrincado y lleno de recovecos, en el cual perderse es lo más seguro. No podía ser de otra forma. Siempre fue fascinantemente complicado en vida, no podía serlo menos en la muerte. De modo que llegar hasta su tumba cobra, cada año, visos de aventura, como lo era visitarlo en su casa atestada de libros en el glorioso tiempo en que nos acompañaba en este mundo.


Este año con mamá le llevamos rosas. Pero no cualquiera, no señor. Elegí unas preciosas, recién llegadas a la pérgola, color te. Para él todo debe ser elegido con cuidado y estilo, lo ordinario esta aquí fuera de lugar. Yo creo que si le hubiese llevado claveles o los modernísimos liliums o astromelias me los habría venido a arrojar a la cama esa misma noche, con un tirón de orejas o se las habría dejado, subrepticiamente, a otro compañero de sepultura. Es que él era tan, tan, tan especial que no encuentro palabras adecuadas para describirlo más que encantadoramente genial (ídolo es una opción, pero creo que no lo describe con suficiente justicia).

Bueno en esta visita conocí a otro ser extraño. Lo encontré por casualidad, perdida como siempre, buscando agua para el florero. Solo una roca señalaba su lugar de descanso, una roca informe como las que se sacan de las canteras, burda, sin retoque alguno. Solo tenía una pequeña placa con un nombre extranjero y una fecha, 1884. No pude evitar pararme quietamente y observar el lugar que debía ser una sepultura, pues no había ninguna demarcación que diera lugar a pensar en ella. La tierra estéril, sin rastro de pasto alguno, no removida en machismos años cubría a ese “alguien” en que yo reparaba. Ni una humilde planta acompaña al dormido desconocido. No había ni una flor, ni un recuerdo, ni palabras, ni iconos en su honor, nada en absoluto .Y entonces vino a mi mente un poema de Bécquer, que dice “¡Que solo se quedan los muertos!”. Y en realidad mi nuevo conocido había estado solo, asumo, hacia incontables años, ahí callado en su rincón admirando amaneceres hermosos y tardes melancólicas. Pero ya no lo estaría más, me dije, porque yo le haría un lugar en mi vida, su recuerdo resonaría en mi como el claro tintineo de una campana, al igual que mi abuelo paterno a quien no conocí y que adoro o mis otros parientes amados. Pues alguien muere, realmente muere, cuando ya nadie evoca su presencia, y mis muertos viven conmigo, a mi lado, en mi corazón, en mi “mundo” y les hablo y les digo lo mucho que los quiero o cuanto, cuanto los extraño. Entonces decidí acordarme de este desconocido, quien quiera que sea, para que su sombra no vague solitaria entre innumerables mortales afanados en adornar la última morada de sus ancestros. Porque algo en su humilde sepultura conmovió mi ser por completo y pensé , que tal vez, cuando mi cuerpo no sea más que un despojo abandonado, la leve estela de una existencia extinguida, alguien vea mi tumba y haga lo mismo por mí, insuflándome un poco de vida mientras espero la redención final de mi alma.
Escrito en noviembre del 2006
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 photo 536403sg1hb1q6nj.gifSoñolienta.

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1 comentario:

  1. No sé que pasa. Me aparecen dos comentarios en esta entrada (en gmail) pero acá no están.
    Albert y Leyna, disculpen por no poderles responder por acá´, pero los comentarios se han perdido en blogger y yo no los he borrado :(

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